La isla de Bowen, de César Mallorquí

portada-la_isla_de_bowenCésar Mallorquí es uno de esos escritores cuya lista de premios casi supera a su lista de libros publicados. Esto me creó  unas expectativas tan altas, que existía el riesgo que no se cumplieran. Es algo que me pasa de vez en cuando, tanto en libros como en películas. Pues bien, he aquí un ejemplo de lo que considero “felicidad lectora”: no sólo no me ha decepcionado, sino que ha superado mis expectativas. Intentaré explicar por qué.

La primera razón es que “La isla de Bowen” es una gran novela de aventuras al estilo clásico. Está ambientada en 1920 y muestra a un grupo de personajes que emprenden un viaje en barco. Van en busca de un explorador desaparecido y, al principio, siguen un plan basado en las pistas de las que disponen. Rápidamente, el viaje les llevará a lugares desconocidos, tan fascinantes como peligrosos.

Cuando el esquema de “el viaje del héroe” está bien desarrollado, el lector se engancha y se asombra cuando no dejan de sucederse una sorpresa tras otra. Además, aquí en realidad no hay un héroe, ya que el protagonismo reside en numerosos personajes, lo que dota a la trama de mucho más interés. Obviamente se debe a que los personajes son sólidos e interesantes, pero hablaré de ellos un poco más adelante.

La segunda razón es que esta aventura es un homenaje a las novelas de Julio Verne. Esto se respira en todas y cada una de sus páginas, y se complementa con guiños a H.G. Welles y a “El mundo perdido” de Arthur Conan Doyle. El propio autor lo explica en el epílogo del libro, en el que trata de transmitirnos cómo todas estas novelas marcaron su niñez. También comenta algunos recursos que ha utilizado para que el texto no resulte una mera imitación, sino un vehículo de expresión de las sensaciones que le producían aquellas lecturas. He de decir que me siento totalmente identificada como lectora y que, al disfrutar de “La isla de Bowen”, he revivido ese mismo sentido de la maravilla. Por lo tanto, señor Mallorquí, misión cumplida.

Las referencias literarias, como se puede ver, son abundantes (una de mis favoritas es la relativa al capitán Nemo). Además, hay referencias que encajan a la perfección con la trama y que le dan al libro un valor pedagógico. Esto es un rasgo importante, considerando que la novela va dirigida a lectores jóvenes. Encontramos hechos como la Primera Guerra Mundial, la conquista del polo Sur por Amundsen, y el desarrollo tecnológico anterior a 1920 (el motor diésel, el dirigible, ciertos elementos de la tabla periódica…). Cualquier lector con curiosidad puede encontrar en “La isla de Bowen” muchos hilos de los que tirar y aprender sobre historia y ciencia.

Hay otro aspecto de la obra que le da modernidad y que merece ser destacado: el feminismo. (Pensemos también en la importancia de hacer pedagogía con este tema entre los lectores adolescentes). Al principio de la novela, hay un personaje secundario, Sarah Baker, que tiene un bebé pero sigue desarrollando su trabajo como secretaria de SIGMA «Sociedad de Investigaciones Geográficas, Meteorológicas y Astronómicas». Esto es llamativo para estar en 1920 y es un primer toque de atención al lector. Pero lo mejor llega en cuanto encontramos a uno de los personajes clave: Elisabeth Faraday. Es una mujer formada, inteligente, valiente y adelantada a su tiempo. Tiene que reivindicar constantemente su papel en este viaje debido a que el jefe de la expedición, el profesor Zarco, es un machista testarudo. Para él, las mujeres deben quedarse en casa y, cuando se inmiscuyen en cualquier otra tarea, son un estorbo. El tira y afloja que se desarrolla entre estos dos personajes es divertido y está lleno de significado: Elisabeth representa la lucha de muchas mujeres reales que, poco a poco, lograron ganar terreno para todas nosotras.

El resto de los personajes enriquece la novela, dada su variedad de edad, orígenes y profesiones. Tenemos a Samuel, un fotógrafo muy joven que escribe un diario, cuyas páginas se van intercalando en la narración. Esto nos da, al menos, una voz en primera persona y es el personaje ideal para que los lectores más jóvenes tengan un reflejo en el que mirarse. También están Katherine, la hija de Elisabeth; Adrián Cairo, el leal ayudante de Zarco; García, un químico, que hasta esta aventura, jamás había salido de su laboratorio; el capitán del barco, Verne (véase el guiño al escritor francés), y los marineros; Por último, quiero mencionar a Aleksander Ardán, el malo de la historia. Es un antagonista muy del estilo de los retratados por Conan Doyle o Verne. Cada personaje merecería un análisis en profundidad. Representan un abanico amplio de idiosincrasias y propósitos distintos. Todos tienen nombre y, hasta los más secundarios, juegan algún papel en algún momento.

Hay tantos matices en este libro, que están más allá del puro entretenimiento, que creo que es una novela recomendable para cualquier público. A lo largo de esta reseña he mencionado a menudo al público juvenil. Se debe a que, mires donde mires, “La isla de Bowen” está siempre etiquetada como literatura juvenil. Creo que la buena literatura juvenil puede ser disfrutada por cualquier lector exigente. Podría ponerme a escribir una reivindicación de este género, pero lo explica mejor Vanessa Rodríguez Migliore (@irisdeasomo). En este artículo: “Reivindicando un género: ¿La literatura juvenil es basura?” lo podría decir más alto, pero no más claro.

Por cierto, en el artículo se mencionan algunas reflexiones de César Mallorquí. Es obvio que cuando se habla de literatura juvenil de calidad, este nombre debe aparecer.

¿Qué te ha parecido esta novela? ¿Has leído otros libros de César Mallorquí? Me encantaría conocer tu opinión y tus recomendaciones porque, más pronto que tarde, quiero volver a leer a este autor. ¡Gracias por tus comentarios!  icon-smile-o 

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Gema Moratalla García

Gema Moratalla García

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