Origen

Origen es el primer relato con el que participé en la revista A sangre y letras. Era el primer número así que arrancábamos proyecto y, por ese motivo, quise plantear un texto fundacional. Lo es en el título y en el contenido: un homenaje a algo que seguro que te apasiona si estás leyendo esto (pero no quiero mencionarlo para no estropear la sorpresa). Lo que sí te adelanto es que el texto tiene tintes fantásticos y está ambientado en la antigua Mesopotamia.

Origen

El largo día de trabajo había llegado a su fin. En el camino de vuelta a su casa, junto al Tigris, la mente de Atab, como de costumbre, no dejaba de bailar entre números, listas y censos para la recaudación de impuestos. Sin embargo hoy había algo más. El error cometido, un error minúsculo en apariencia, pero que le había obligado a a calcular de nuevo la mitad del cereal recibido, no se le iba de la cabeza.

Caminando entre las casas encaladas, los niños que jugaban en la calle y las esclavas que acarreaban agua para sus amos, se imaginó llegando junto a su esposa Enki y arrojando a un rincón su bolsa con los punzones y cálamos para no volver a cogerla jamás. No era la primera vez que pensaba en ello y hoy esa idea había tomado una forma más sólida. Pero una vez más, al cruzar el umbral, algo se lo impidió. No era el castigo que recibiría si abandonaba su puesto, sino un pensamiento que le rondaba y que no lograba identificar.
Atab subió a la azotea sin realizar ese gesto con el que había fantaseado y, al sentarse sobre su hogar para disfrutar de la puesta de sol, sequía llevando la bolsa consigo.
Enki subió tras él, portando un cuenco con dátiles y una jarra de kash.

−Amor mío, ha sido un día caluroso. Tendrás sed.

Atab se dio la vuelta para admirar a su esposa. La curva del vientre cada vez más pronunciada adivinándose por debajo de la túnica, la perfecta redondez de su cabeza, el brazo desnudo luciendo el brazalete de su boda. Ella se detuvo a medio camino y le observó.

−Estás serio otra vez –le dijo.

−Me conoces bien, esposa mía. Es el trabajo, mi deber en el templo… no sé lo que me ocurre. Y hoy… prefiero olvidar lo que ha pasado hoy.

−Sé que te resulta difícil, que desde hace tiempo quisieras hacer algo diferente aunque no sabes el qué. Pero no olvides esto: los dioses están contigo y eres afortunado. Tienes una buena vida. A mí no me falta de nada y nuestro hijo estará bien alimentado.

Atab pensó en su propio padre y en esa frase parecida que tantas veces había oído de sus labios: “Eres afortunado, hijo, tendrás futuro”. Últimamente pensaba mucho en él y en lo feliz que le hizo ver que Atab era admitido en la escuela de escribas, aunque viniera de una familia de artesanos. Él también había sido feliz aquellos años y los echaba de menos. Le encantaba aprender sobre construcción, cultivos, pesca, comercio… y lo que más le gustaba después del dominio de la escritura: estudiar las estrellas. Tanta belleza para acabar en su edad adulta anotando recuentos invariables y repitiendo una y otra vez las mismas fórmulas.

−Enki, siéntate a mi lado.

Ella se recogió la túnica y se sentó a sus pies.

−¿Quieres que te cuente alguna historia? –preguntó ella.

−Las mujeres sabéis todas esas historias –dijo Atab mientras saboreaba la bebida fermentada−. Mi madre también me las contaba, como se las contarás tú a nuestro hijo. Pero siempre son iguales.

−Claro que lo son. Las cosas que pasaron son las que pasaron y no pueden cambiarse.

−Sí, pero ¿quién estaba allí para ver lo que hicieron los dioses? Tú no estabas. Ni tu madre, ni la madre de tu madre. Ni la madre anterior a quien no conociste. ¿Qué mal hay en cambiar las historias?

−¡Calla! Podrían cortarte la lengua por faltar al respeto a los dioses.

A Enki le dolía la falta de fe de su esposo. Él lo sabía y no quería herirla. Le hizo un gesto para que ambos pudieran contemplar en silencio la puesta de sol sobre los campos de cebada. Enki le cogió la mano y mordió una fruta. Tampoco quería discutir por lo mismo de siempre.

Observaron cómo el sol descendía convirtiendo el río en una cinta dorada. Después, los campos se volvieron rojo fuego con rayos inquietos que se desplazaron por la llanura y atraparon la mente de Atab en un duermevela. Con el color sangre de la última luz, se quedó dormido y soñó.

Un hombre ciego dictaba a un joven ayudante lo que ocurrió en una ciudad de murallas inmensas cuando sus enemigos se aliaron para atacarla. El joven no escribía sobre una tablilla, sino sobre un tejido finísimo y en lugar de tallar los signos, los pintaba con una pluma de ave que mojaba en un líquido oscuro. El ciego se convirtió en alguien diferente, que podía ver y llevaba una gruesa túnica que le cubría la cabeza. En su escritura hablaba de un noble cubierto de metal que cabalgaba sobre un caballo y buscaba una copa sagrada. Hubo otra transformación. El hombre que escribía ahora iba vestido de negro. En una habitación minúscula junto a una escasa llama escribía sobre otro noble que parecía tan hambriento como su caballo y que recorría su tierra viendo gigantes y otros seres que no existían. La habitación oscura cambió, se llenó de muebles elegantes y se rodeó de ventanas cubiertas por un material transparente. Ahora el texto hablaba de un ser pequeño que poseía una joya preciosa y maligna que debía ser destruida. Luego el escriba se volvió mujer, y ésta golpeaba suavemente con sus manos una superficie compuesta de pequeñas piezas con símbolos. Con cada toque de sus dedos ágiles, los símbolos se repetían mágicamente en una tablilla brillante y lo que escribía hablaba de viajeros que venían de más allá de las estrellas…

Enki le acarició el hombro suavemente para despertarle, pero al volver en sí el corazón de Atab empezó a latir con brusquedad.

−¡No eran de aquí! ¡No eran de aquí!

−Estabas soñando, esposo mío. La noche se está enfriando. Vamos abajo.

−He soñado con hombres… y una mujer, escribas como yo, pero no eran como yo. No podía leer sus símbolos, pero entendía todo–. Atab seguía alterado, sus manos temblaban.

Enki le tranquilizó con otro beso y dijo:

−Sabes que más allá de estos ríos hay países distintos. También tienen reyes y sacerdotes que recaudan impuestos. Necesitan gente como tú.

−Ya te he dicho que no eran como yo. ¡Ellos inventaban historias!

Enki se quedó paralizada. Veía venir otra oleada de dudas e ideas sacrílegas.

−Será que hablaban de otros dioses. Dioses que nosotros no conocemos.

−No escribían sólo sobre dioses. Pero lo importante… ¡ahora lo entiendo!, es que todo lo que estaban escribiendo salía de su propia mente.

Enki no dijo nada más. La oscuridad de la noche crecía y bajaron a la casa. Una vez dentro, Atab encendió todos los candiles, preparó tablillas nuevas y dispuso su material de escritura. Enki le miraba preocupada, las manos acariciándose el vientre, tratando de proteger lo que estaba por venir. Atab se acercó hasta ella y le rozó la mejilla con el revés de sus dedos. Ahora era él quien la tranquilizaba.

−Mañana iré al templo. Haré mi trabajo. Nuestro hijo estará bien–. Ella trató de no inmutarse pero Atab adivinó una expresión de alivio. –Ahora debo hacer esto. Quiero hacer esto.

Cogió un cálamo nuevo y dejó su mente en blanco para que las historias que había entrevisto en su sueño la invadieran. Intentó recordar las figuras, los lugares… pero cuando estaba a punto de atraparlas, una oleada de números y listados se adueñó de él. No conseguía pensar en otra cosa que no fueran las tareas realizadas y las que debía llevar a cabo al día siguiente. Enki seguía a su lado, observando las expresiones cambiantes de su cara. Sus miradas se cruzaron.

−Solo no seré capaz, pero tú puedes ayudarme, Enki. Háblame… sobre Gilgamesh. Me gusta Gilgamesh.

Enki sonrió. Le encantaba contar esa historia y siempre empezaba con la misma frase:

−Te explicaré lo que pasó…

Atab se mordió el labio. Lo que pasó le importaba poco. Él lo contaría a su manera e incluso, lo haría mejor. Lo haría tan bien que sus tablillas serían copiadas por otros. Todos admirarían la historia de Gilgamesh mucho más cuando, en lugar de escucharla, pudieran leerla.

Y tal vez, escribas como los de su sueño llegarían a conocerla en otros lugares y en otros tiempos.

FIN

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Gema Moratalla García

Gema Moratalla García

Soy escritora de fantasía y ciencia ficción. Mi primera novela, El Templo de los Inocentes, está disponible en formato digital en Amazon. Creé este blog porque la lectura y la escritura se deben compartir. Bienvenido/a. Participa. Comparte. Sugiere. Disfruta.

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