Letra Muerta, de Juan José Millás

portada-letra_muertaPuede parecer frívolo decir, como primer elogio, que Letra Muerta es una novela corta. Sin embargo, no lo considero un detalle carente de importancia cuando vivimos un momento editorial en el que los libros más vendidos (y por lo tanto, se supone que los que más gustan al público) no suelen estar por debajo de las quinientas páginas. Cansada en muchas ocasiones de leer ejemplares repletos de material sobrante, siento un placer inmenso cuando me enfrento a una novela breve que cuenta una historia intensa, íntima pero grande a la vez y que se abre y se cierra con total perfección.

Letra Muerta es una novela  escrita en 1983. Encuentro en ella al menos dos elementos que encajan perfectamente en esa época de la historia de España: la idea de indagar dentro de la Iglesia, institución que en esos momentos apenas se empezaba a poner en cuestión por una parte de la sociedad española; y la idea de la militancia en una organización clandestina encaminada a cometer acciones que el personaje principal califica de “terroristas”.

Con esos ingredientes nos sumergimos en la novela a través de su protagonista que narra en primera persona cómo se encuentra a caballo entre las dos organizaciones. Nos cuesta dilucidar desde el principio, qué parte es real, qué parte es un artificio, o en qué parte el propio personaje está siendo engañado. Veo elementos de diversos géneros: a veces me parece estar leyendo el diario íntimo de un aspirante a sacerdote, a veces me parece estar leyendo una novela de espías, a veces una crítica entre líneas de lo que sucede dentro de la Iglesia en su lado más oscuro.

Lo interesante es recorrer con el protagonista ese camino, en el que realiza un viaje interior (que ni él mismo espera) y un viaje exterior (que tampoco parece acabar como él esperaba).

Hay mucho de soledad, de huida de una vida con poco sentido, de buscar un lugar en el mundo exterior y en el mundo propio. A este recorrido tan pausado como intimista, Millás le imprime una intriga que hace que no puedas salir del libro desde que entras en sus primeras páginas. Y qué bien que su extensión (la cual tal vez por su brevedad hace que no le falte ni le sobre nada) uno pueda encontrar el desenlace en un par de tardes que trascurren entre tazas de té y lluvia de marzo al otro lado de las ventanas.

Puede que resulte frívolo o escaso el último elogio que le hago a esta lectura: altamente satisfactoria. Pero no se le debe pedir mucho más a un buen libro.

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Gema Moratalla García

Gema Moratalla García

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