La montaña devastada

“La montaña devastada” es un relato de viajes que escribí para el V Premio Internacional de Relatos Mujeres Viajeras. Quedé finalista, por lo que el texto se publicó que está a la venta en la web de Ediciones Casiopea

El texto recorre los restos de la civilización romana en un viaje exterior e interior, que tiene que ver con el amor, el desamor y la liberación. No podía acabar en otro lugar que en el más raro y maravilloso emplazamiento que los romanos dejaron en España: Las Médulas.

¡Disfrutad del viaje!

 

LA MONTAÑA DEVASTADA

Han sido siete años de amor, años de viajes. Comenzamos en Roma como una ironía romántica. Allí me confesó que estaba obsesionado con la arquitectura clásica (también conmigo) y su geometría. Me impresionó el Coliseo (tanto como su voz, sus ojos, él mismo) así que le dije que le acompañaría siempre a visitar los edificios que los romanos habían ido dejando por su Imperio. Yo tenía dieciocho años y él casa propia. Construimos juntos un gran mapa del Mediterráneo a base de fotocopias y algún retoque a mano. Lo fuimos llenando de chinchetas plateadas que señalaban Mérida, Cartago, Éfeso, (él siempre decidía), Spalato, Segóbriga… incluso fuimos a visitar el muro de Adriano allí en el norte. Cuando me mudé a su piso (según exigencia suya), el mapa contaba ya con doce marcas y seguimos poniendo muchas más. La ciudad de Timgad fue la última (también eligió aquella vez). Las ruinas eran un perfecto entramado de líneas rectas (sus favoritas).

***

Yo siempre quise ver estas montañas falsas pero él nunca encontraba el momento. “Eso no es arquitectura. Sólo es fruto de la casualidad”, decía. Y nos íbamos a Pompeya o al Golfo de Rosas. Hoy he llegado aquí en un viaje poco planeado. La primera sorpresa ha sido descubrir que al pie de esta antigua mina romana hay un pueblo que se llama igual, Las Médulas. Alojamientos rurales y tiendas artesanas me bombardean con los carteles de los productos de El Bierzo. Pero no he venido a eso. He venido a despedirme de los romanos y de la verdadera ruina. El contraste de la tierra roja sobresaliendo por encima de los árboles se ha quedado en mi retina desde que he bajado del coche. Llevo una botella de agua y todo lo demás nuevo: mis deportivas y el resto de la ropa. Hasta cambié mi pelo de color antes de hacer este viaje. He elegido la ruta sencilla para que nada distraiga la vista. A pesar de todo, una segunda sorpresa me hace apartar los ojos de los restos de la mina. No esperaba encontrar estos árboles viejos. Pueden ser robles, tal vez castaños. El tiempo ha deformado sus troncos y los ha convertido en seres de fantasía. Parecen vivos, deseosos de contar historias. Cuenten lo que quieran, ancianos, yo voy a interpretar exactamente lo que quiero. Una gran boca abierta me grita que siga caminando. Cuerpos atrapados en la madera que luchan por respirar a mi lado para que no me sienta sola. Cabezas de dragón que me dan la fuerza de la tierra. Una máscara furiosa conmigo por no decir “no” cuando había que decirlo. En la madera vieja, el infierno de Dante del que he escapado por fin.

Tras la lección de los árboles sabios, camino dando los pasos al ritmo que deseo. Vuelvo a mirar la tierra roja allá en lo alto. Al final del camino encuentro una cueva inmensa, estéril. Es la destrucción dejada por los romanos y su fiebre del oro. Ya no hay nada precioso que se pueda adivinar entre los restos de la roca, salvo la roca misma. Arrasaron todo, pero detrás de su plan para extraer el tesoro, el azar dejó un paisaje extraterrestre, más bello que cualquier edificio matemáticamente diseñado. Él diría que no hay proporciones ni equilibrio. Sin embargo, yo elijo los restos que dejó aquella locura. En el camino de vuelta los árboles deformes, como centinelas, me escoltan y me dan la razón.

***

Los Romanos tardaron dos siglos en vaciarlo todo (él tardó siete años). Dejaron como testigo una montaña arrasada (yo aún tengo mi propia médula para sostenerme). (Y la cueva vacía). La llenaré con un techo nuevo y con el mapa (esta vez uno del mundo entero) que colgaré en mi pared.

El azar (o lo que yo decida) lo llenará de chinchetas de colores.

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Gema Moratalla García

Gema Moratalla García

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