La letra de Sofía

Este año quiero celebrar el 14 de febrero contigo. Dejando al margen el aspecto comercial de este día, lo que más me gusta es la cantidad de eventos literarios relacionados.

Aquí puedes leer mi relato La letra de Sofía, uno de los pocos textos narrativos que he escrito en los que el amor es el tema principal. ¿O es el desamor? Léelo y decide. 🙂

LA LETRA DE SOFÍA

Mi alianza está en el fondo de una alcantarilla. Valerie así lo quiso. He notado la ausencia de la joya hoy más que nunca: cuando he entregado la tarjeta de embarque, cuando he pagado al taxista, cuando he deshecho el equipaje dentro de esta habitación que acabo de dejar a mi espalda…
Hay un largo pasillo ante mis ojos. Respiro profundamente para intentar deshacer el nudo que se ha instalado en mi estómago desde esta mañana. No funciona. Aprieto los puños. El peso de mi dedo anular tendría que igualarse al de los otros en algún momento. Puede ser hoy. Estiro las mangas de mi camisa porque ya no necesito mirar el reloj. Sé que es tarde. Me he retrasado a propósito para estar seguro de que no soy el primero en llegar. Ahora sólo he de recorrer unos metros hasta el ascensor y bajar cuatro pisos para encontrarme con Sofía.

Al llegar abajo, las puertas correderas se deslizan a cámara lenta como un globo de chicle inflándose con parsimonia. Un chicle que parece haberse colado en mi garganta impidiendo que pase el aire, mientras espero encontrar su cara frente al ascensor.
“Plan-ta-ba-ja” dice una voz electrónica.
Trago saliva varias veces hasta recuperar la respiración y sentir que el movimiento vuelve a mis piernas. El vestíbulo es amplio, recubierto en su mayor parte de maderas nobles. Sus lámparas, aunque son grandes y ostentosas, no iluminan lo bastante para escudriñar cada rincón de un simple vistazo. Me sobra toda la gente que va y viene porque alguna silueta puede retrasarme el momento de verla. Todos parecen saber a dónde ir y yo apenas sé dónde mirar, pero procuro que no se me escape nada.
No ha llegado. Siempre fue impuntual, ¿cómo he podido olvidarlo? Tal vez la costumbre de estos años al lado de Valerie… tan recta, tan organizada. Debí haberme retrasado aún más. Sofía, con sus prisas de última hora… me la imagino desgarrando sin querer las medias que iba a ponerse, buscando a toda prisa otras en el cajón. Esparciendo el maquillaje por el lavabo y dudando si debía entretenerse a limpiarlo. Sentada en un taxi en medio de un atasco.
La ciudad que hace tiempo compartimos los dos se ha hecho, si cabe, más grande. Una ciudad que Valerie siempre quiso conocer. Nunca vinimos juntos, a pesar de su insistencia y gracias a mil excusas por mi parte. Porque este lugar siempre fue de Sofía.
Ya he dado varias vueltas entré los sofás, y algunos paseos desde la recepción hasta la entrada. Son muchos minutos incluso para ella.
Si la espero en la mesa del restaurante, allí sentado, mis rodillas temblarán menos.
Explico al maitre que tomaré una copa de vino hasta que la mesa para dos esté completa. Mientras me atienden, no puedo dejar de tocarme el dedo, vacío por obra y gracia de Valerie. Cuando Sofía se dé cuenta de la marca del anillo tendré que contarle. Igual que las cartas. Me va a preguntar por ellas, y no tengo ni idea de qué decirle.

Hay conversaciones en las mesas que me rodean y yo voy por el segundo Burdeos. Pido la carta para estudiarla con atención e imaginar qué va a apetecerle a ella. El camarero, demasiado pendiente, pasa varias veces por mi lado. Cuando le pido la tercera copa me doy cuenta de que se está impacientando más que yo.
–Caballero, ¿desea pedir ya la cena? –me pregunta impertinente.
¿No ve que estoy esperando a alguien? La frase no llega a salir de mis labios porque un empleado de recepción se me acerca con una pequeña bandeja. Hay un sobre cerrado con mi nombre. El camarero espera mi respuesta. Cojo ese objeto extraño que se dirige a mí. El empleado se inclina levemente y tras su gesto anticuado se marcha. El camarero y yo nos desafiamos con la mirada como los protagonistas de un duelo. El sobre tiembla en mi mano y él puede verlo de reojo tan bien como yo. En cuanto a entender lo que hay dentro, tal vez él sepa más. No será la primera vez que se encuentra ante una mesa medio vacía.
–Crema de calabaza y ensalada calabresa –le digo–. Para uno, por favor –añado a pesar de que estas palabras me escuecen.
Doy un trago. Saboreo el vino con lentitud, para aparentar calma y aplazar el momento de abrir el sobre. Esta vez me aterra ver mi nombre escrito con su letra. Pero no tengo dudas: quiero saber lo que hay dentro. Me lanzo a romper la solapa pero recuerdo cómo Valerie siempre me regañaba por destrozar los sobres, así que cojo un cuchillo y lo utilizo como abrecartas. Una ranura perfecta. El resto del sobre ha quedado intacto.

Querido Eric:
Es difícil creer que estés aquí después de quince años. Tu llamada me ilusionó tanto que acepté sin pensarlo, pero luego son tantos los recuerdos que me han venido a la cabeza…

Son buenos recuerdos, los mejores. ¿Por qué se refiere a ellos con un “pero”? El camarero trae lo que he ordenado y por unos minutos dejo la carta a un lado para observar el vaho que sale del cuenco de crema, cada vez más densa, enfriándose al mismo tiempo que yo.

Casi había olvidado todo aquello. La primera clase en la que coincidimos con aquel profesor de Geografía y cómo nos reíamos de las manchas perpetuas de su corbata. Me encantaba ir a tu casa para estudiar y luego acabar jugando al Monopoly… esa forma distinta de jugar que teníamos… el que iba acumulando más dinero planeaba el viaje que le iba a regalar al otro. Así ninguno sentía que estaba perdiendo la partida. El jardín de mi madre… también ahí tuvimos momentos tan buenos… no hace falta ni que lo mencione, ¿verdad? Mi madre murió, te lo conté en una de las últimas cartas, pero claro, no sé si la habrás leído.

Voy comiendo despacio, dejando que la crema se deslice a su ritmo por mi garganta. Ya no es la impaciencia la que se ha anudado en esa parte de mi cuerpo, sino la memoria. Las imágenes que ella describe nunca me han abandonado, pero ahora al leerlas con su voz resonando en mi cabeza me siento como si tuviera de nuevo diecisiete años. Pude haber imaginado su voz de esta misma manera durante todo este tiempo, leyendo palabras como estas. No quise y aún no sé por qué. Sin embargo, esa caja que se iba llenando de cartas dirigidas a la dirección de mis padres me ha acompañado en todas las casas en las que he vivido, incluso en la que he compartido tantos años con Valerie. Y aquí también. Está ahí arriba, en mi maleta.

¿Te acuerdas de cómo lloré cuando dijiste que te ibas a París con tu familia? Me consolaste diciendo que no era un lugar tan lejano, que podríamos vernos a menudo, que nos escribiríamos… El primer año pensé que la dirección estaba mal pero nunca me devolvían las cartas así que no podía ser eso. Llegué a convencerme de que habías muerto, pero luego pensé que alguien de tu familia me hubiera escrito para decirme algo así… Sé que todas las cartas te llegaron.

¿Y sabrá que nunca las abrí? La marca del anillo se ha vuelto ahora menos importante. Si las hubiera leído, las habría contestado. Yo lo sé y ella lo sabe.

En fin, hace ya tiempo que buscar el rastro de alguien se ha vuelto muy fácil, así que un día puse tu nombre en google. Allí estabas como CEO de esa empresa, autor de libros de economía, tu boda… tu boda también aparecía en la búsqueda. Me hubiera gustado enseñárselo a mi madre. ¿Sabes? Se acordaba de ti y hasta me preguntaba cuando ya estaba enferma. Te escribí muchas veces sobre ella, sobre cómo se fue apagando hasta irse del todo. Y algunas cosas más después de eso. Luego ya no, como sabrás.

Dejo la cuchara a un lado. La ensalada me mira desde un plato excesivamente grande para una ración que parece encogerse. No tiene buena cara.
Dejó de escribirme y, siendo soberbio sin un por qué, me extrañó. Yo había creído hasta entonces que sus cartas salían de un manantial infinito que no se secaría nunca.

Tu llamada esta semana fue… cómo decirte. Pensé que todas mis cartas cobrarían sentido al fin, que podrías contestar de golpe a todo lo que he intentado compartir contigo. Pero he pensado en ello hasta el último momento. Son demasiadas cosas contadas sin saber nada de ti a cambio. Demasiadas preguntas.

Quiero contestar ahora, contarte todo. ¿Dónde estás?
No puedo seguir comiendo. La ensalada me provoca naúseas.

Ya no quiero las respuestas. Los recuerdos de aquella época están bien, tal como son. No quiero que cambien. Me bastas como eras entonces. Espero que lo entiendas.
S

Así que esto es. Con su letra S al final de la carta, acaba todo.
Veo ahora algo que había pasado por alto: el papel lleva el nombre del hotel en el membrete.
Me levanto a toda prisa y el camarero intenta preguntarme algo pero su atención se queda en el mantel que he arrastrado tirando algunas cosas.
El vestíbulo está mucho más tranquilo que antes. La recepción, sin clientes. Los sofás llenos de extraños y un taxi que se aleja en la calle. Ese taxi…

Sofía tenía una letra preciosa cuando éramos jóvenes. Mucho más que la de Valerie. Y sigue siendo preciosa a pesar de los años pasados. ¡Qué fácil ha sido recordar su voz al leerla! ¿Por qué no lo hice antes?

Subo a la habitación sintiendo el tacto del sobre durante todo el recorrido. De tanto manosearlo se ha vuelvo más cálido. Abro la maleta y saco la caja. Extiendo sobre la cama decenas de sobres cerrados. Los ordeno por la fecha del matasellos. Llamo a recepción, donde toman nota de todo lo que necesito. Es un hotel caro, no hay problema. Al cabo de unos minutos, el servicio de habitaciones me entrega una bandeja con un abrecartas, un bolígrafo, papel y sobres.

Tengo mucho que escribir así que ampliaré la reserva de la habitación. Cuanto sea necesario.

FIN

_________________

Gracias por leer hasta aquí. Si te ha gustado este texto, compártelo y recomiéndalo. Para apoyar a un escritor no hay nada como el boca a boca  icon-smile-o .

Si quieres recibir las novedades de Libros en vena, suscríbete a la lista de correo.

Gema Moratalla García

Gema Moratalla García

Soy escritora de fantasía y ciencia ficción. Mi primera novela, El Templo de los Inocentes, está disponible en formato digital en Amazon. Creé este blog porque la lectura y la escritura se deben compartir. Bienvenido/a. Participa. Comparte. Sugiere. Disfruta.

2 Comentarios

  1. Excelente relato “La letra de Sofia”. Te abre una ventana a la esperanza y muestra con esa “S” una mueca de amargura en los labios. El tema de las cartas de amor, ya tan en desuso, me ha recordado a la obra de A. R. Gurney. Pequeñas historias que piden a gritos juntarse en una gran obra. Enhorabuena.

    • Gracias por tus palabras y me alegro de que te haya gustado. No conocía a A.R. Gurney así que tomo nota y ¡gracias por la recomendación!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *