El Malentendido, de Albert Camus

(La reseña que sigue no se basa en una versión escrita de la obra, sino en el montaje dirigido por Ernesto Caballero para el Centro Dramático Nacional y llevada al escenario entre enero y marzo de 2013)

cartel-el_malentendidoLa magia del teatro está en que las palabras cobran vida de manera literal. Es, por tanto, complicado, desvincularse de la escenografía, la interpretación, la música en directo y las proyecciones. Todo ello, especialmente la ruptura de la cuarta pared (aunque en este caso hablaría más de la creación de tres de ellas para encerrar a los personajes) contribuye a acercarnos a la historia. Sin embargo, podríamos prescindir de estos aderezos en una obra en la que las palabras funcionan por sí solas. Su calidad es innegable, y a ella se le añaden las continuas reflexiones sobre el poder que tienen: palabras sencillas, palabras del corazón, encontrar las palabras adecuadas… Ideas que aparecen de forma recurrente en las frases de Jan y María.

También las palabras pesan en los personajes de Marta y su madre. Palabras que vienen de un pasado que habían querido olvidar y palabras que vienen de un futuro en forma de sueños. Tampoco carecen de importancia las palabras no pronunciadas (o sí) del criado silencioso.

Cinco personajes lo son Todo. Viven en una casa donde la vida y la muerte están muy cerca la una de la otra. Una casa que es metáfora de todo lo que nos rodea, donde proyectamos nuestros sentimientos más profundos y nuestros deseos más intensos. Un lugar del que escapar, en el que refugiarse o en el que dejarse llevar un día tras otro hasta que una decisión lo cambia todo. O tal vez no lo cambia y por eso los seres que vemos en escena se ahogan.

Sueños, deseos, vida, muerte… son muchos los grandes temas que aparecen en El Malentendido y sería fácil resumirlo diciendo que estamos ante un representante del existencialismo. Pero ¿acaso no somos todos “existencia”?

He planteado una pregunta, y no es la única que podría escribir aquí, pues el texto hace que salten en nuestra mente infinidad de ellas. Elijo una como cierre: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar para cumplir un sueño?

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Gema Moratalla García

Gema Moratalla García

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