Bajo las vías

portada_7_cpa“Bajo las vías” fue un relato publicado la revista Cuentos para el andén. La revista convocó varias escuelas de escritura creativa de Madrid para que sus alumnos presentaran un cuento ambientado en el Metro.

Mi texto fue seleccionado en junio de 2012 para el número 7. Se distribuyó de forma gratuita en puntos clave de Madrid y fue la primera vez uno de mis cuentos alcanzaba a miles de lectores. Es un placer ver “Bajo las vías” en un medio que pone tanto cariño en todos sus números.

La revista, ha superado los 50 números, continúa su andadura en formato digital. 

 

Bajo las vías

Aníbal San Juan tocaba la última canción del día. La guitarra y su voz resonaban por los largos pasillos de Diego de León. Una pareja pasó a su lado y el chico, sin saber de dónde llegaba la música, empezó a tararearla. Aníbal sonrió, tocó el último acorde y recogió las monedas que solía poner como cebo en la funda. Al guardar la guitarra, el rasgueo de la cremallera se mezcló con el de unos tacones que corrían para no perder el último metro. La chica se detuvo sorprendida por el ruido que él había hecho. Al girarse hacia donde estaba Aníbal, vio la esquina vacía y echó a correr aún más deprisa.

Con la guitarra a la espalda, Aníbal caminó hasta al andén de la línea 4 en dirección a Argüelles. El metro llegó con el maquinista mirando de reojo a los que estaban en el andén: la chica de los tacones, algo inquieta, un chaval incapaz de oír nada fuera de sus auriculares, y la pareja tarareando a dúo la canción. Se abrieron las puertas y subieron a los vagones. Por un momento, Aníbal tuvo la esperanza de que esa vez el conductor le viera y no se marchara dejándole allí. Sin embargo, como todas las noches, las puertas se cerraron y el eco del tren se perdió por el túnel.

En seguida llegaron los demás músicos. Entre ellos, el Violinista, que había sido el primero en recibir a Aníbal. Desde el principio le había explicado cómo funcionaban las cosas, los lugares donde acabar la jornada y la perpetua rutina. Aníbal seguía las instrucciones al pie de la letra, aunque cada noche tenía menos ganas de volver al Agujero para salir a la mañana siguiente sin saber cuántos viajeros podrían escucharle.

A un gesto del Violinista todos saltaron desde el andén. Las traviesas y los raíles se deformaron hasta mostrar la entrada al Agujero y el grupo se preparó para pasar la noche bajo las vías. Algunos se dedicaron a poner a punto sus instrumentos: una cuerda rota que nunca podía ser cambiada o madera que nunca brillaría por más que se la frotase. Cuando todos hubieron acabado sus rituales vacíos, se echaron a dormir. Ninguno lo necesitaba pero querían continuar con las costumbres de los vivos. Aníbal, abrazado a su guitarra, escuchó el siseo de la grieta mientras se cerraba. Tuvo una vez más la tentación de escaparse del Agujero, recorrer los pasillos a media luz, encontrar una salida y tocar sus canciones bajo la luz de la luna.

El Violinista le miraba fijamente adivinando sus intenciones, advirtiéndole en silencio lo que ya le había dicho la primera vez: los ruidos de la ciudad ahogarán el sonido de tu música… sólo aquí abajo, tus canciones llegarán a algunos… sólo aquí seguirás siendo el músico que eras…

Aníbal San Juan comprendió de nuevo que formaba parte de los músicos del Agujero y como habían hecho los otros, extendió su abrigo sobre la fría roca. Durmió hasta que llegó, sin luz, una nueva mañana.

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Gema Moratalla García

Gema Moratalla García

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